El Eixample de Barcelona es el legado de un visionario, Ildefonso Cerdá. Ante la necesidad de expansión de Barcelona, Cerdá concibió un plan urbanístico pensado para las personas, aunque tan funcional como utópico.

A grandes rasgos, diseñó una ciudad jardín, con grandes espacios abiertos. La separación equidistante de la calles favorecería la igualdad social, pues menguaba las diferencias entre ricos y pobres. La limitación de altura de los edificios conjugado con los anchos de las calzadas, aseguraría el aprovisionamiento de luz solar y ventilación de todas las viviendas. La dotación de jardines en cada manzana haría que niños y ancianos no tuvieran que desplazarse para sus juegos o paseos. Además la autosuficiencia de cada barrio estaba garantizada, enmarcando en cada uno un gran parque, un mercado y una distribución equilibrada de servicios.

Como curiosidades podemos mencionar la distancia imperturbable de 133,3 m. entre los ejes longitudinales de cada calle; el hecho de que cada vértice que forma el cuadrado de una manzana coincida con los puntos cardinales (con ello se asegura la luz directa de sol a cada lado de la manzana durante algún momento de día); o que Cerdá justificara la existencia de un chaflán de 15 m. en los vértices de cada manzana para favorecer la visibilidad del tráfico en un futuro.

Pese a que debido a la especulación y otros motivos, no pudiera llevarse a cabo íntegramente su plan, se agradece cuando la gente que toma las decisiones usa la lógica, pues el denominador común a todas sus revolucionarias medidas no fue otro que el sentido común.

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