Cuando viajo al extranjero, algo que realmente me gusta hacer (y que no sale en las guías de viaje) es visitar los supermercados locales. Cuando visitas uno, es como si te cambiasen tu realidad más cotidiana, tu subconsciente vuelve a un estado virginal, se libera de los miles de impactos publicitarios que ha recibido durante años y años en forma de musiquitas, eslóganes, anuncios, famosos de turno, logos y demás munición publicitaria. Tu verdades absolutas se desvanecen y ya no está tan claro que “X” lave más blanco que “Y”, ni que ese desodorante vaya a captar más miradas ajenas que ningún otro. Todo ello, claro está, a excepción de los productos fabricados por multinacionales, que están presentes en todo el planeta, y sus campañas publicitarias bombardean a todos por igual.
Resulta curioso ver que cuando las calidades presumidas se difuminan, nuestra elección será mucho más racional, se ajustará a nuestras necesidades y evitaremos pagar precios excesivos.
Al final compramos un pan de molde de marca blanca, un poco de jamón, mayonesa, lechuga y dos tomates, todo de oferta y nuestro sandwich está tan bueno como los de casa. Aunque quizás ha sido porque lo hemos acompañado de una Coca-Cola.
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