La ciudad donde vivo no es muy amiga de los rascacielos. Barcelona no tiene edificios realmente altos. A mi particularmente me gustan, pero no son del agrado de muchos barceloneses pues creen que son contrarios al estilo mediterráneo y que deshumanizan la ciudad.
A mi entender hay dos tipos de modelos de rascacielos, los que son para las personas y los que restringen el uso a los ciudadanos. Los pocos rascacielos (o edificios altos) con los que cuenta la ciudad de Barcelona son del segundo tipo. El hotel Arts, la torre Agbar, el edificio Colon, etc. son edificios que te gustarán o no por su estética, pero no podrás “disfrutarlos”, pues estos edificios están destinados a oficinas u hoteles, y a menos que trabajes allí o pagues una considerable cifra por pasar una noche, la entrada más allá de la recepción te será vetada.
Pero hay ciudades como Sydney, Tokyo o Toronto, donde los ciudadanos corrientes hacen uso de estos edificios. En Sydney, por ejemplo, es bastante asequible vivir en un rascacielos con servicios como gimnasio o piscina en el mismo inmueble. En Tokyo o Toronto los ciudadanos tienen libre acceso a los rascacielos, pues en las plantas inferiores encuentran infinidad de tiendas y restaurantes o los famosos “food court”. Además es bastante curioso el poder pasar de edificio a edificio sin salir al exterior pues estos se conectan, puedes encontrar más de 20 edificios conectados con lo que realmente hay una ciudad subterránea, aunque supongo que esto es más necesario en ciudades con climas más extremos.
Estamos en época de mal tiempo, metereológico y financiero. La sabiduría popular dice que el primero acaba en mayo y el segundo va para largo, así que será cuestión de hacer caso al refrán y preparar la mejor de las sonrisas.